Relatos. Número 11/Febrero 2010

LA CONDENA

Cuando a mis 16 años mis padres se iban los fines de semana a la playa y me dejaban sola bajo la vigilancia de mi hermana, me sentía liberada. Siempre he tenido hora de llegada, así que cuando ellos en verano salían por una puerta yo me iba por otra. Sólo tenía que controlar una cosa, el teléfono. Llamaban a casa dos veces al día desde el hotel: una antes del desayuno, a eso de las 9 de la mañana, lo que significaba que podía bailar hasta el amanecer; y otra antes de bajar a cenar. Me sentía libre sin control, sin tener que dar explicaciones de dónde voy, qué hago, a qué hora vuelvo, con quién salgo, eran mis “vacaciones.”

Un día mi padre apareció por mi casa con un móvil. No imaginaba yo por entonces, los cambios que ese aparato iba a introducir en mi vida y en la del resto de los seres humanos. Al principio me causó expectación y sorpresa, conocía a pocos adultos con móvil y me parecía un lujo. Me hacía gracia que desde un tren o un atasco mi padre pudiese llamar a casa. El primer verano de móvil de mis padres lo odié. Llamaban a casa a cualquier hora del día y desde cualquier sitio. –“Hola hija, estamos en el barco de Juan, hemos visto delfines y nos hemos acordado de ti.”-  Eso a las 12 de la mañana de un domingo cuando con los ojos pegados comentaba con la amiga, que se había quedado en casa para salir de fiesta, las hazañas de la noche anterior. Si no estaba cuando me llamaban, preguntas por su parte y excusas por la mía. El teléfono se convirtió en un medio de ejercer control.

A los 20 años me regalaron mi primer móvil, no me hizo ilusión, no tenía con quien hablar pero pasados unos meses hubo una plaga y la ciudad se llenó de móviles. Ya no tenía que esperar media hora a Marta en la cafetería “Sayca” ni suplicar a mi hermana que colgara el teléfono porque me iba a llamar el chico de mis sueños, podía hacerlo a mi número. Todos dejamos de entender nuestras vidas sin móvil. Si un día te lo olvidas o lo pierdes te entra algo malo en el cuerpo, es una catástrofe, parte de nuestra vida está en él: contactos, fechas importantes como cumpleaños o citas de trabajo, la agenda de la semana o del mes, hasta el despertador y la alarma de los anticonceptivos, así que culpa del móvil que no sonó.

No me di cuenta hasta años más tarde que cuando acepté como regalo el móvil,  estaba juntando mis manos y dejando que me pusieran unas esposas. Me condenaron a cadena perpetua, a perder libertad, a estar disponible 24 horas, a dar explicaciones si no hay cobertura,  está apagado o no lo cojo. Te encuentra tu jefe, tu padre, tu amiga, el médico, el vecino, tu marido, tu amante y hasta el cobrador del frac. Es maravilloso cuando te llega un mensaje diciendo:”Te quiero, luego te llamo.” Pero ¡Ay! Si el teléfono lo coge tu pareja, te condena al exilio y eso no es tan bonito a menos que lo desees, ahora, que siempre puedes decir:”Acepto el exilio pero ¡NO SIN MI MOVIL!

Han revisado mi condena y me la han conmutado. Un mes sin móvil. Mi psicoterapeuta tiembla de la que se le viene encima, me ha enseñado ejercicios de respiración y  me ha advertido que no le sature el contestador con mensajes de socorro. Le he dicho: “chupado: puedo vivir sin móvil.” A veces noto cómo me vibra el bolso pero no llevo el móvil. Oigo: “¡Ay ¡no lo puedo soportar, manda una señal amor” y pienso… mi chico me llama, pero no es a mí. Echo de menos los mensajes, los cotilleos y los avisos de llamada, gasto más teléfono fijo y busco cabinas por la calle. Tengo la sensación de que en dos semanas el mundo le ha dado a la tecla de “borrar” de su agenda de contactos y he dejado de existir. No tengo vida, quiero recuperarla. Acepto la cadena perpetua y el móvil como una prolongación del ser humano, de mí.

Añádeme en tu agenda, por favor, llámame al móvil o ponme un sms.

María Luis Viu Blanch

Fotografía: Lorenzo Ortega