RELATOS. Número 10/Enero 2010

Manué

No voy a ponerme a dar explicaciones sobre la profesión de mi padre, ni sobre las circunstancias que rodearon aquella situación, pero el hecho cierto es que, en la época en que nos instalamos en Sevilla, tuvimos un chófer. Fue por casualidad, y por las circunstancias de las que antes hablaba y no voy a explicar.

Se llamaba Manuel, bueno, Manué. Tenía un magnífico tupé, híbrido entre el de Elvis Presley y el del cantante de los Chichos. Nos llevaba al cole, y a muchos otros sitios. Y tenía siempre a punto el coche de mi madre, un SEAT de segunda (o decimocuarta) mano. La familia de Manué era muy agradable, y muy extensa. Siempre había alguna comunión, boda o bautizo, al que nos invitaban, y nosotros acudíamos. Yo me lo pasaba bomba en esas fiestas.

En el coche charlábamos mucho. Supongo que no es necesario aclarar que no me sentaba en el asiento trasero, sino a su lado, en el del copiloto, como el resto de mi familia. A Manué le gustaba el palique. Me enseñaba trucos de conducción, y cómo se llaman las distintas partes del coche (esto me recuerda los chistes de profesores de autoescuela y desembragues, ya, ya… que son un poco cansinos y bastante previsibles, pero él los contaba una y otra vez, y cada vez se tronchaba), y cantaba (con una bonita voz, muy bien modulada, que todo hay que decirlo) a voz en grito, cosas tales como:
nomeguhtaquealohtorohtepongalaminifardaaaaaaaaa“.

La verdad es que era bastante lolailo. Podría haber formado parte del grupo Los Manolos, esos que cantaban: “olmilovin lailolailolaaaa“. Hasta el nombre le acompañaba.

A lo que iba. Como he dicho, Manué se ocupaba del coche de mi madre, y como, además de lolailo, tenía bastante iniciativa y era muy creativo, lo tuneó (un adelantado a su época, ya digo). El solito, poquito a poco. Ya no recuerdo si el coche era originalmente de color rojo vino, o lo pintó él. En fin, la pintura exterior del coche estaba muy bien, pero después empezó con el interior. Puso una tapicería de pelo de borrego sintético, algo horterilla, aunque tenía un pase. También instaló un nuevo intermitente, una palanca muy larga que terminaba en una especie de perilla. Y cuando le dabas a la palanquita sonaba una musiquilla bastante fuerte “clinclonclinclonclinclinclinc” que se repetía una y otra vez hasta que ponías el intermitente en la posición inicial. Poco más tarde, (supongo que muy animado, porque a ninguno se nos ocurrió protestar, más bien nos tirábamos de la risa cada vez que sonaba el intermitente de marras) sustituyó el antiguo claxon. El sonido me resulta mucho más difícil de reproducir, pero era más o menos así: “potipotipopopopoooopotipotipooooooo“. Armaba un escándalo como para morirse de la vergüenza, todos miraban, y Manué muy ufano y sonriente. Tras un par de días ya nos parecía que ese era el único sonido natural que podía tener un claxon. Los raros eran los otros, que sólo sabían hacer “moquimoqui“. Y entonces Manué cambió la palanca de cambios, por una bola transparente que tenía en su interior una reproducción del Manneken pis, dorada, soltando un chorro amarillo petrificado, y había que poner la mano encima para cambiar de marcha, claro. Como yo iba a un colegio de pijas, cada vez que, casualmente, alguna de mis compañeras subía al coche se quedaba horrorizada. Se leía en sus ojos la estupefacción, y a todo esto Manué no paraba de charlar, y cantar a voz en grito. Y si la susodicha se llamaba, por un casual, Rocío, Manué se despendolaba. Ese nombre le entusiasmaba y le inspiraba de forma especial. Se arrancaba y eso era no parar.
Rosioooaymirosioooomanohitodeee claveleeecapuyitoflo resioooo depensaentuquerere voyapereder sentioooo“.

Supongo que tampoco es necesario aclarar que yo me llevaba mejor con Manué, que con mis compañeras de clase, que hace poco hicieron una reunión de esas de antiguas alumnas y no me invitaron. Duele un poquito, la verdad, pero no me extraña porque siempre decían que yo era muy rarita (yo no comprendía porqué. Todavía no lo comprendo).

Cuando saqué el carné de conducir, ya hacía tiempo que Manué tenía otro trabajo. Con el resguardo que te dan a la salida del examen en la mano, me fui derechita a buscar el coche de mi madre y, con el pretexto de que necesitaba practicar urgentemente, para perder el miedo, y no olvidar lo aprendido, lo socialicé (es decir: me lo apropié por todo el morro). No habían pasado ni dos horas entre terminar el examen y encontrarme en la Ronda de Capuchinos, al volante, sin poder explicarme cómo habían aparecido diez millones de coches en Sevilla de la noche a la mañana y todos estaban a mi alrededor.

Aquel fue mi primer coche. Recorrí en él toda la península, incluso hice un viaje por Europa. Y hasta el día en que se quedó clavado en mitad de la calle República Argentina, muerto de puro viejo, ostentó con orgullo la palanca de cambios con el Manneken pis y su dorado chorro petrificado, el intermitente cantarín, y el claxon escandaloso.

Texto y Fotografía: Carmen Herrera