Letras. Número 2/Julio 2010

para una Gramática malva

Decía el pintor francés Nicolas Poussin que los colores en la pintura están para persuadir a los ojos. Pero, ¿qué ocurre si los colores invaden la poesía? Quizás tengamos la respuesta en nuestras manos, en este primer libro de la poeta sevillana Lola Crespo.

Gramática Malva Crespo nos ofrece una poesía visual, intensa, viva, llena de trazos y múltiples tonalidades; una policromía escrita que, en su conjunto, muestra solidez y armonía. Sus palabras son precisas, reflejo de una sólida cultura y claridad de ideas, y elevan lo cotidiano, en toda su sencillez, a la belleza. A lo largo del texto, solicita a veces al lector que busque el lugar exacto, la perspectiva idónea desde la cual ver –leer- degustar en su totalidad el poema. Otras veces, basta con mirar de frente las palabras y dejarse llevar por el halo sutil de los versos. Todo esto hace que sea imposible mantenerse indiferente ante la obra de esta autora, ya que suscita una amalgama de sensaciones –esas que ocasiona la vida- que se aglutinan y ayudan a comprender cuál es la utilidad real y suprema de la poesía: lanzarnos cosas dentro y –como diría Octavio Paz- aplacar las tormentas del alma.

Esta poeta -que declara serlo por accidente- nos transmite además la presencia física y corporal de lo humano en sus poemas. Nos muestra la piel como receptora del tacto sutil de la palabra; el pulso como el ritmo que acompaña a cada verso, y la sangre como tinta que recubre la libertad de la rima (traicionada en ocasión, pasa a veces).

Era la acústica de las sombras,
la botánica del aguacero,
el timbre disperso de las hojas
bajo el chaparrón primero.

La obra está dividida en seis partes, y cada una de ellas nos traslada a distintos momentos y estados de la escritora, lugares que el lector recorre ávidamente en ocasiones, y en otras reposa, vive –revive- y visita como acogedores salones donde puede sentarse a tomar un té, bien acompañado.

ÉRAMOS, dibuja el génesis de un universo de intenciones, donde los hombres y el mundo aprenden al unísono lo originario de la vida, averiguan dónde está el abismo o cómo esculpir las palabras.

Era el mundo y los hombres,
los hombres y el mundo
y, en medio,
el abismo […]
…………………………
El hombre talló la lengua
y el buril, tartamudo,
le esculpió para siempre
un tatuaje al aire.

Como en El jardín de la delicias de Hieronymus Bosch, Lola Crespo esboza a su alrededor figuras de animales que acechan al silencio (hienas nocturnas, alas de cisnes, uves de anátidas, tanteos de cobras,…) y poco a poco –mundo y hombres– aprenden a reescribir la claridad de la mañana, o el atisbo del ocaso, mucho antes de que el verbo tuviera tres conjugaciones.

El verbo, los sonidos, las palabras y el silencio: ese reposo necesario que, clandestino, se desliza entre los poemas, y busca, cose y sutura, la herida abierta en el lector por algunos de los versos. Es así como evita que entren ese tiritar de frío, esa desazón y desasosiego que asoman en AnaMORfosis. Amor que son silencios y desamor que son palabras, amor de los bisílabos y desamor monosílabo o mudo.

Frase decapitada,
sustantivo vacío,
verbo incapaz.

Atardecen los tonos -malva, violeta, gris, azul, tedio amarillo- y Crespo nos pinta la intimidad, sus nostalgias –perdidas y vividas– escribe abrazos, rima –sin rimar– sus secretos. En las tres conjugaciones del verbo, destierra las formas del futuro; o es amor presente o es amor pasado. ¿Y el futuro? Ansiado está en un mañana diferente.

… me refugiaba en la corteza de los árboles
esperando a que las hojas me hablaran del futuro.

ANÉMONA ANÉMICA es el agua turbia, la lluvia ácida, las llagas del poemario y las amapolas negras. En esta parte aflora la necesidad de vivir, la confusión y el olvido:

sólo hay noche y día, día y noche, y toda
la existencia se convierte en una inmensa
estación de convalecencia llamada vida
a medio gas.

Y ante el dolor físico y la química hospitalaria, el alivio es la palabra, el suspiro compartido, la felicidad que otorgan las pequeñas
cosas.

La niña diosa

La niña diosa. Lorenzo Ortega Belchiz

Abrías la puerta a la mañana
e iluminabas todo.
Eras la luz en los ojos
y las manos dispuestas.

A veces, los poetas se sienten seres diferentes, eslabones perdidos que no son de este planeta. A Lola Crespo así le ocurre y lo demuestra en BORRÓN Y CUENTA ¿NUEVA? Reivindica su forma de vivir, de sentir, de ver un orbe donde los edificios están enfrentados al mar, de una sociedad que huele a tristeza en los centros comerciales.

…es el problema de saberse piel
en un mundo inalámbrico.

Ante un planeta demasiado grande, mastodóntico, especulativo, de consumismo podrido y repleto de injusticias, no pretende arreglar el mundo, ni hacer la revolución. Sólo ofrece el calor de lo cotidiano, el arropo de las palabras, la belleza de sus gestos, la nostalgia de su verbo, su sentido de la supervivencia, y la necesidad de aprender a vivir, rodeada de borrones, en el diccionario de las dudas.

Ya tanta acuarela es un exceso y da paso a la luz urbana, exenta de rutina, llena de comunicaciones y momentos compartidos. También hay momentos de tremenda soledad.

Hoy te he llamado a las nueve
por aquello de vernos un rato
y decirte, de paso,
que echo de menos
una línea malva que tenías el otro día
en uno de tus brazos.

AL PIE DE LA LETRA: la mañana, la nieve y el frío. La poeta está cansada, caída, desarraigada del mar, derrotada a veces ante
la noche y, sobre todo, ante la imposibilidad del olvido. Los tonos oscurecen, y la única manera de asomarse al mundo es hacer una poesía que sea útil y no se arrepienta de la hipérbole.

Hacer un poema blanco
que deje las palabras al descubierto,
limpias del salitre
tras el baño de la vida.

Arenas

Ilustración de Lorenzo Ortega Belchiz

Pero llega el mar, y vuelven los tintes claros de la tarde en ARENAS.casi incoloros, los colores / parecen de cristales”. Acompañada de olas, viento y piel –siempre piel– aire fresco y sal de otras costas, Lola Crespo dibuja una carta vital de navegación, una tabla de mareas, de variaciones del mar que va y vuelve, de paisajes cosidos al recuerdo. Lugares lejanos en la distancia y en el tiempo, pero cercanos a su mirada y a su corazón.

Y llega el final, y en su diario de poeta, disimuladamente deja escrita la respuesta. Realmente, ¿qué ocurre si los colores invaden la poesía?

… y comprobar que el azul
dejaba de ser una incertidumbre poética
para convertirse en el ahogo de todos los males,
aún desconociendo el nombre exacto de las cosas.

Luis Miguel León Blanco

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