Letras. Número 1/Mayo 2010

Las arañas del siglo XXI

Confieso que me encanta hacer ganchillo. Desde hace algunos años mis manos se entretienen jugando a tejer tramas de colores en esquemas sencillos: gorros, ponchos y flores sobre todo. Nada muy complicado, no tengo la paciencia suficiente para atreverme a más. La lana guarda un mundo de secretos ocultos bajo un disfraz humilde. A veces, si la labor se enreda, hay que cortar la hebra y devanar de nuevo la madeja, pero a mí me fascina el laberinto que componen sus átomos, me apasionan las formas arbitrarias, los lazos y los nudos imposibles, porque son la metáfora más pura de lo que es ser persona; de alguna forma todos somos el hilo que se urde en el telar de la vida. Y, si se piensa bien, no es extraño que alguien que ha elegido dedicarse a escribir se aficione también al arte de la araña; Aracne tejedora de palabras.

Aracne21 - Lorenzo Ortega

Nacer al alfabeto y habitarlo, como decía Umbral, es haber encontrado la manera de abrirse paso en la manigua, en el bosque de los nombres y las letras, encontrar la salida al laberinto. Entonces quien escribe –sobre todo si escribe poesía– es también una Ariadna que sujeta el extremo del ovillo, para que los demás encuentren un camino en el dédalo de sus sentimientos. Al fin y al cabo,  poeta es el que halla la palabra precisa que otro estaba buscando, el que alumbra una senda con la luz de sus versos. Escribir (ser Aracne-Ariadna) cobra un nuevo sentido en este mundo del siglo XXI en el que, como nunca antes en la historia, todo está predispuesto a enmadejarse, a dejarse enredar en una malla infinita de personas, de palabras y objetos.

En este devenir que toma el pulso al minotauro de la literatura, un día conocí al torbellino creativo que es Carmen Herrera y,  algo después, en una noche de libros encerrados, escuché la encantadora voz de Lola Crespo dirigiéndose a mí. Ambas a su manera me ofrecieron –aunque entonces yo aún no lo sabía– el extremo de toda una Madeja de Palabras; un conjunto de voces que desde hace tres años, sin renunciar cada una a su propia textura, componen un tapiz de poesía en la Casa de las Sirenas de Sevilla, al margen de etiquetas y de moldes. Esa trama hecha de encuentros en cafés, de tertulias y de recitales, de momentos privados de lectura y de públicas puestas en escena, se concreta ahora en este libro que tienes en las manos y en el que, amigo lector, yo te invito a enredarte. Pues en esta madeja generosa de letras encontrarás versos-faro que quizá un día sirvan para alumbrar tus noches; versos-espejo en los que a lo mejor vislumbras tu reflejo o el reflejo del mundo; versos-refugio en los que, a buen seguro, encontrarás cobijo; y algún que otro verso-dardo capaz de quedarse clavado para siempre en el corazón de tu memoria.

A la entrada del libro, Lola Crespo, con dedos delicados, nos desnuda y también desnuda al mundo, nos arranca la venda y nos deja sin armas frente a la soledad, la hipocresía y la injusticia, al tiempo que se ofrece a desvelarnos la forma de salir adelante, siguiendo “el vuelo de las aves abandonadas” y nos abre la puerta; nos invita a pasar y dejar rastro: “Por favor, / deje su mensaje después de oír la señal.”

Dentro ya del espejo, Carmen Herrera navega entre la letra y la retina ampliando el concepto de lo que es poesía. El ser humano es un poema en sí mismo que comienza en el preciso instante en el que abre los ojos. Atrapada en su propia red de imagen y palabra, Carmen devana ahora sus versos en un doble ejercicio de autorretrato y búsqueda, como una alquimista que quiere hallar la fórmula secreta de ese concepto único que lo contenga todo.

Al otro extremo de la curiosidad, mirando hacia sí misma como primer misterio, encontramos a Violeta Martínez, en cuya poesía cobra forma la gran perplejidad adolescente en su sentido más puro y ecuménico, con lo que tiene de fiebre, de vergüenza, de eterno interrogante sobre el arcano de la sexualidad; con todo lo que tiene de herida y crecimiento interior. “Tiemblo, sueño. Rompo ataduras”. Poesía de emergencia ante la asfixia que le produce el mundo.

Idéntica búsqueda de la libertad inspira los poemas de Irene Nárdiz, quien en este caso escruta el porqué de su esencia creadora, consciente de que todo deja huella y es una cicatriz en su piel de palabras. “Ahora entiendo / por qué y para qué / tengo esta marca en la parte izquierda de mi pecho.”

Lorenzo Ortega, en cambio, se dibuja en contraste con el otro y construye su “yo” en la poesía como una silueta recortada con cuchillas de luz sobre un fondo de sombras. Por eso sus poemas interpelan, al lector o a sí mismo, desdoblando una voz que es a la vez sujeto y objeto de deseo, mientras el renacer depende de otras manos.

Para Miriam Palma la memoria toma cuerpo en los veros, es la única forma de aprehender la insoportable fragilidad del tiempo. En la melancolía de sus letras se adivina una  urgencia por vivir. Los sentidos se abren: “Miradas debatiéndose … / Huele bien este día” y quizá Shostakovich.

“¿Quién me dirá si existo?”. Es Mª Luisa Víu la que pregunta ahora. Y esa interrogación al mismo tiempo es su grito de auxilio ante una soledad que tiene forma –“En mi cama hay sábanas de alacranes dormidos”– y que deja un sabor a despedida, a pérdida y nostalgia.

No es ese, sin embargo, el tono con que cierra este volumen tejido a siete manos. Haciendo honor al título del libro, la Madeja se enreda en dos interferencias que juegan al sonido colectivo y, como colofón, nos siembran una duda: ¿es acaso posible la comunicación en la era de la tecnología?

Gracia Iglesias Lodares

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