Papeles

Enredados

La majestuosidad de Laurel envolvía la brillantez espinosa de Acebo. Estaban en la siesta, adormecidos, abrazados en su asimetría cuando escucharon un ruido cercano. Laurel fue el primero en oír, siempre estaba en acecho. En cambio Acebo estaba, como siempre, sacando brillo a sus hojas y pintando de rojo carmín sus huesecitos, que ya empezaban a despuntar al sol de aquel sosegado y azul noviembre.

Cuando se acercaba la gente intentaban enredarse, siempre buscando la simetría, pero ésta era imposible y los dos lo sabían. Las hojas lanceoladas de Laurel, suaves y lisas, contrastaban con las hojas de acebo: romboides, duras, turgentes y espinadas. Su unión había sido fortuita, o no, quien lo sabe. A Laurel le gustaba proteger y Acebo que le protegieran en las alturas, ya que a ras de tierra ya se encargaba él de espinarse en todo su derredor.

Pirineos - María Luisa Víu Blanch

El silencio se iba rompiendo cuando las botas de aquellos dos montañeros chocaban contra el suelo endurecido por las continuas heladas de la zona.

Acebo, despabílate que vienen dos a paso ligero, decía Laurel. Si te  sigues sacando brillo de esa manera se van a quedar aquí un rato, ya lo verás, y luego dirás que te pones coloradito.

Desde que te convertiste en adulto solo haces que dar órdenes, replicaba Acebo con una voz que apenas se oía. Que si saco mucho brillo, que si afilo las puntitas de abajo, que si pinto mis bolitas de rojo apasionado…, que si patatín y que si patatán.

En medio de esta conversación llegaron los dos desconocidos y eran tan asimétricos como parecían desde lo lejos: él alto, atlético y musculoso; ella menudita, mirada verde, transparente y retenida, cansada en su semblante. Eran humanos, de eso no había duda, pero un poco raros. Iban hablando de la belleza del silencio, de su quietud, de su transparencia. No llevaban cámara de fotos, pero la chica al pasar junto a ellos volvió la cabeza y sus ojos límpidos se posaron fijamente en los frutos rojos que mostraba el tan orgulloso Acebo.

Laurel sintió pena por no ser tan bello y su mirada descendió en apenas un segundo hasta el suelo. Se conformó con pensar que aquella pareja tampoco era simétrica. El triste Laurel en voz alta, a modo de pensamiento, dijo:

¿Has visto, Acebo, que ellos andan a la par aun siendo tan diferentes?

Acebo miró hacia arriba y dijo:

Son diferentes pero algo les une. Los pasos largos de él se acomodan a las miradas cortas de ella y así avanzan, tropezándose.

Y así, de esta manera, Acebo pensó que pintando alguna hojilla despistada de Laurel de un rojo frágil, delicado y suave, le quitaría ese complejo que siempre tuvo de poco vistoso y su mirada se tornaría a un verde rojizo.

Mientras tanto, Laurel pensaba que quizás y sólo quizás había sido buena hora aquella en la que se enredaron y empezaron a caminar juntos.

Rocío Ajo