Xilofagia. Número 1/Mayo 2010

ENREDADA

Foto: Carmen Herrera

Ovillos, lanas, agujas, madejas… evocación de la infancia, recuerdos de la niñez: mi madre, mi tía, dos hermanas que aliviaron las miserias de la posguerra gracias a su habilidad tejedora. Y un gato. Siempre había un gato acechando la madeja, jugando con una bola hecha de restos de hebras. Dos mujeres que devanaban lana y tricotaban a la velocidad del talgo, que no paraba en la estación de mi pueblo. Por eso no me es difícil imaginar así a estas/este hilandero/as de versos que se han unido en el Grupo “La Madeja”: tejiendo la urdimbre de su poesía, mezclando colores, imágenes, para dar forma a sus poemas, composiciones vivas con vocación de ir más allá del folio y entrar por los cinco sentidos.

Conocí a “La Madeja” gracias a un buen amigo. Enseguida nos “enredamos” en una sintonía que, como sus geniales puestas en escena, iba más allá de las palabras. Yo, tal vez porque a diferencia de otras mujeres de mi familia nunca había demostrado una especial habilidad con las agujas, también quise ser un día con mis palabras tejedora de anhelos por lo que no era difícil que me dejara liar.

Y hete aquí que me embarqué con ellos este apasionante proyecto que hace apenas unas jornadas vio la luz en carne de libro: una criatura recién nacida que aún huele a tinta y a imprenta, que, aunque es muy osada y ya se atreve a dar sus primeros pasos, todavía en gran manera duerme en cuna de cartón a la espera de esa cita mágica, siete de mayo, nueve de la noche en Plaza Nueva, para hacer su aparición en una explosión de vida en el universo de la palabra escrita.

Ahora que ellos no me oyen, voy a reconocer que he disfrutado mucho durante la gestación de este proyecto, amadrinando a este niño. “La Madeja” me ha contagiado su entusiasmo y su ilusión. Contábamos los días mientras estaba en prensa, nos comunicábamos noticias: “¡Ya falta menos, ya falta menos!” y nos precipitamos a recibirle la calurosa tarde en que, ¡por fin!, pudimos tocarle, abrirle, hacer bailar sus páginas. La palabra se había hecho libro y acampaba entre nosotros. Difícil, por no decir imposible, describir ese primer encuentro, el goce de tener entre las manos lo que tanto tiempo se llevaba acariciando con la imaginación.

Quienes hayan tenido la dicha de participar en un recital de “La Madeja” puede que se pregunten si es posible que su poética, nacida con vocación de escenario para meterse por los vericuetos de los sentidos, pueda encerrarse en un recipiente de papel, si acaso no va a sufrir claustrofobia y va a perder su impronta de frescura y su expresividad. Y es cierto que ahí estaba el riesgo, pero también el reto, que este grupo ha sabido superar con creces. Desde el poema visual de la portada, a la mismísima página de créditos (¿Habrá algo más anodino y formal que una página de créditos?) han ido dejando su sello. El libro rezuma la personalidad de “La Madeja” por todas sus páginas: es, como ellos, dinámico, envolvente, expresivo, irónico, rompedor… pero también profundo, reflexivo, penetrante y muy sincero. Y lo más importante: contiene poesía de la buena.

Os auguro que con Enredando todos vamos a convertirnos en gatos corriendo detrás de la madeja para acabar liados entre las hebras de este ovillo disfrutando de tan placentero enredo. Si no, al tiempo.

Inmaculada Calderón

Inmaculada Calderón. Foto: Carmen Herrera

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